La sociedad no va a sanar, no puede sanar, no ha podido sanar, según pienso desde hace años, en ningún solo momento de toda su historia, y no porque hayan faltado los remedios, los remedios llevan milenios tirados a la vista de todos, sino por la única razón, naturalmente monstruosa, de que la sociedad misma es la herida que sin cesar pretende curar, la herida disfrazada de curación, que, cuanto más hondo se corta en ella, tanto más de buena gana se ofrece todavía a la operación. Llevamos generaciones implorando a esa misma estructura que repare precisamente aquello que la estructura, en verdad, fue erigida para fabricar, y luego nos asombramos hasta lo más hondo, generación tras generación, siglo tras siglo, cuando la reparación fracasa y la fabricación sigue corriendo sin estorbo. Nuevas banderas, nuevos dioses, nuevas terapias, siempre la misma sangre.
Lo que aquí sigue no es un sermón y no es una queja, desprecio el sermón y desprecio la queja, es, hablando con propiedad, una autopsia, la autopsia de un cuerpo que todavía anda por ahí, que todavía vota, que todavía va a la guerra, que todavía se arrodilla en sus iglesias y sus parlamentos y sus llamados estudios de bienestar y reza para ser sanado por el mismísimo mecanismo que lo quebró. Quiero mirar al ser humano, al animal hombre, como el forense mira el cadáver, sin halago, sin el anestésico del sentido, y luego, después de haber mirado hasta el fondo, sentir esa extraña, indecente, del todo ingobernable alegría de estar vivo en este cuerpo a pesar de todo. Ese doble movimiento, el ojo frío y el corazón ardiente al mismo tiempo, es la totalidad de lo que tengo que decir, todo lo demás son pruebas.
Mi tesis es sencilla y, para la mayoría de las personas, naturalmente, una ofensa: la facultad que erigió la civilización es exactamente la misma facultad que vuelve incurable a la civilización. No contrajimos en algún punto del camino una enfermedad que una mejor política o una mejor religión o una mejor técnica pudiera curar algún día, la enfermedad es el sistema operativo, y un sistema operativo no puede depurarse a sí mismo con el mismísimo proceso que es el error. Esto no es una llamada a la desesperación, al contrario, es el primer paso honesto, pues nadie sale de una cárcel que se niega a reconocer como cárcel, y nadie, en verdad, se reforma a sí mismo hasta entrar en la libertad.
Voy a llamar a tres testigos, porque ninguna disciplina por sí sola es capaz de contemplar la forma entera de esta cosa. El primer testigo es el historiador, Yuval Noah Harari y detrás de él la larga y fría lente de la antropología, que ha de mostrar cómo el animal narrador erigió su propia cárcel con ficción compartida. El segundo testigo es el novelista, Henry Miller y detrás de él todo artista que alguna vez prefirió la honestidad a la respetabilidad y pagó por ello, que ha de recordarnos, en la única lengua en que el cuerpo confía, qué era lo que la cárcel debía dejar fuera. Y el tercer testigo es el linaje que cargo, la línea Śākta de la mano izquierda de Bengala, el vāma mārga, que cartografió esta cárcel celda por celda y forjó la única llave que funciona más de mil años antes de que laboratorio alguno confirmara la forma de la cerradura. La historia nos dice cómo hemos llegado hasta aquí, el arte nos dice qué perdimos por el camino, el linaje nos dice la salida, no una creencia sobre la salida, que sería solo otro barrote, sino la práctica.
I. El animal que aprendió a mentir
Hace unos setenta mil años algo se reordenó dentro del cráneo del Homo sapiens, y Yuval Noah Harari lo llama la Revolución Cognitiva, y el sello de esa revolución no fueron, naturalmente, herramientas más afiladas ni músculos más pesados, los neandertales tenían ambas cosas y, encima, cerebros más grandes, y los sobrevivimos a todos, sino un único talento capaz de acabar con el mundo: la capacidad de hablar con perfecta convicción sobre cosas que no existen. Dioses, naciones, dinero, pecado, antepasados, el más allá, la tribu, la corporación, la corona, la marca. A nada de eso se puede señalar, nada de eso puede ponerse bajo un microscopio ni patearse como una piedra en el camino, y sin embargo por cada una de esas cosas se ha muerto y se ha matado, por cientos de millones, en trincheras y templos y cámaras de gas erigidas en honor de invenciones que ningún animal salvo nosotros podría siquiera percibir.
Esto fue, en el mismo instante, nuestra gran fuerza y nuestra maldición, entregadas en una sola mutación. Una manada de chimpancés se desmorona y se vuelve contra sí misma en cuanto pasa de unos cincuenta animales, y el antropólogo Robin Dunbar fijó el techo de la cooperación humana íntima, el número de aquellos a quienes podemos conocer de veras como carne y rostro e historia, en torno a ciento cincuenta. Más allá de ese número, el conocimiento de sangre y aliento simplemente se agota, y allí, justo en el borde de lo que el cuerpo puede sostener, la invención toma el mando, pues solo un relato compartido es capaz de atar a extraños que jamás se encontrarán en una sola voluntad dirigida. Benedict Anderson llamó a la nación una comunidad imaginada, y eligió la palabra imaginada con la precisión del cirujano, no con la negligencia del poeta: un millón de compatriotas, mil millones de hermanos de fe, todos nosotros llorando ante la misma bandera, arrodillados hacia el mismo horizonte, criados para odiar al mismo enemigo que jamás hemos conocido, todo ello no es un hecho de la biología, sino un relato que bastantes personas acordaron soñar al mismo tiempo, tanto tiempo que el sueño compartido se endureció en tribunales y monedas y aduanas y ejércitos permanentes y en las pequeñas cruces blancas en sus hileras ordenadas.
Y ahora detente y mira lo que eso significa, pues todo el diagnóstico gira sobre esta única bisagra: exactamente la facultad que nos concedió la cooperación más allá de la hoguera, la mente narradora, el órgano del orden imaginado, es precisamente la misma facultad que inventó las categorías por cuya defensa hoy nos descuartizamos unos a otros. No hay cruzada sin un cielo compartido, no hay genocidio sin una palabra santa para nosotros y una palabra sucia para ellos, la catedral y la fosa común no son opuestos, son el anverso y el reverso de una sola y misma moneda, y la moneda fue acuñada en un único acto de imaginación. No nos volvimos peligrosos cuando nos volvimos crueles, la crueldad es vieja y la compartimos con los chimpancés, nos volvimos, en verdad, singularmente peligrosos, peligrosos a escala planetaria, cuando nos volvimos convencidos, cuando aprendimos a organizar la crueldad en torno a una idea y a llamar al resultado rectitud.
Así que cuando digo que la sociedad no puede sanar no hago ninguna observación política y no estoy del lado de nadie. Izquierda y derecha, creyente y laico, halcón y paloma, son disputas entre compañeros de celda sobre el color de las paredes. Señalo la capa más honda de la máquina, por debajo de toda disputa. La cooperación que permite a ocho mil millones de primates compartir un solo planeta sin disolverse al instante en la matanza se compra a un precio fijo y, naturalmente, no negociable: una invención compartida, defendida hasta la muerte. Pela la religión y encuentras el nacionalismo, pela el nacionalismo y encuentras la ideología, pela la ideología y encuentras la compulsión desnuda, tozuda, propia de toda la especie, debajo de todas ellas, la necesidad de creer y la necesidad de tener razón en lo que uno cree, y esa compulsión es más vieja que cualquiera de sus contenidos e indiferente a todos ellos. Es el creer mismo, y con el creer no hay razonar, pues la razón es una de las cosas que devora y convierte en más creencia.
II. El trigo nunca liberó al campesino
La frase más incómoda de Harari, la frase que habría que leer en voz alta, muy despacio, en cada parlamento del mundo, es que la Revolución Agrícola fue el mayor fraude de la historia. Nos halagamos con el relato de que domesticamos el trigo, y Harari da la vuelta a todo el cuadro y deja correr la sangre en sentido contrario: el trigo nos domesticó a nosotros. Una hierba sin sistema nervioso, sin planes, sin malicia, llevó a un recolector que vagaba libre, de amplio radio, bien alimentado, a doblar el espinazo sobre sus plántulas desde la primera luz hasta la última, a cambiar el horizonte abierto por una cerca, la riqueza de la experiencia variada por un excedente monótono de grano, el ocio por la fatiga, la salud amplia por el número desnudo. No ganamos una vida mejor, ganamos más vida, más amontonada, más angustiada, más enferma, atada por el tobillo a un único pedazo de tierra embarrada por el que ahora mataríamos al vecino, y a la cadena la llamamos progreso, porque la cadena nos alimentaba, y un vientre lleno, en verdad, justifica casi cualquier cosa.
La creencia procede según exactamente el mismo timo de confianza, y una vez que se la ha visto obrar en el trigo ya no se puede dejar de verla en todas partes, en todos, en uno mismo. Nos imaginamos, con toda sinceridad, que tenemos nuestras creencias, que son herramientas en nuestra mano, posesiones en nuestro bolsillo, opiniones que podríamos dejar de nuevo a voluntad. Entra en cualquier templo, en cualquier parlamento, en cualquier hilo de comentarios a las tres de la madrugada y mira con el ojo frío: las creencias sostienen a las personas. El converso sirve al credo que lo convirtió, el patriota sirve a la bandera que lo nombró, el revolucionario sirve a la revolución que a su debido tiempo lo devorará como ha devorado a cada uno de sus padres, y el ateo sirve, no menos fiel, no menos fanático, a su certeza de que no hay nada a lo que servir, y te dejará bajo la mesa con tal de defender el vacío. No domesticamos a nuestros dioses, nuestros dioses nos domesticaron a nosotros, y luego nos enseñaron, con el genio paciente de todo parásito exitoso, a llamar identidad a la correa y a sentirnos, sin ella, desnudos e insoportablemente atemorizados.
Por eso la elección del sistema de creencias es un señuelo, un trile, un movimiento del prestidigitador destinado a mantener la mirada fija en la mano equivocada. Cristianismo, islam, budismo, hinduismo, humanismo secular, materialismo científico, la religión del mercado, la religión del progreso, la religión de la nación, la religión del yo cuidadosamente curado: las personas queman su única vida, salvaje e irrepetible, en la disputa sobre cuál jaula ofrece la vista más bonita entre los barrotes. Los barrotes son idénticos. El problema nunca fue cuál relato, el problema es el animal narrador y la adicción, propia de toda la especie, a tener razón, que el animal narrador no puede soltar, no quiere soltar, no se atreve a soltar, porque el soltar se siente exactamente como morir, y en cierto sentido es el morir. El yo que tiene que tener razón es exactamente el yo para cuya disolución fue erigida la práctica.
III. El dinero, el único dios que de veras funcionó
Quien quiera ver un orden imaginado en su forma más pura y triunfal, una invención tan total que se ha tragado a casi cada ser humano vivo sin disparar un solo tiro, que no mire primero a la religión, que al menos todavía tolera a sus escépticos y sus bancas vacías, que mire en su propio bolsillo. Harari lo expresa con una claridad que debería asustarnos mucho más de lo que lo hace: el dinero es el relato más exitoso jamás contado, la única invención en la que casi cada ser humano sobre la tierra cree sin excepción, a través de toda fe y toda bandera y toda lengua que por lo demás no quiere ponerse de acuerdo en nada. El cristiano y el musulmán no compartirán un dios, el capitalista y el comunista no compartirán un cielo, pero tiéndele a cada uno de ellos el mismo billete, un jirón de algodón, y ahora ni siquiera eso, una cifra parpadeando en una pantalla, respaldada por nada que se pueda comer ni quemar ni sostener en la mano, y cada uno de ellos lo aceptará, trabajará por él, mentirá por él, se casará por él, sangrará por él. El dinero es puro confiar, creencia intersubjetiva destilada hasta su última esencia, un dios hecho por entero de nuestro acuerdo compartido de fingir juntos, y es el dios más poderoso que jamás hayamos erigido precisamente porque nos exige no creer en nada salvo en él mismo.
Y logró la única proeza que a ninguna otra invención llegó a salirle del todo: hizo intercambiable lo inconmensurable. Tomó la riqueza incomparable de una vida humana, una hora, un pan, una canción, un abrazo, el trabajo de las manos, los años del único cuerpo, y a cada cosa le asignó una cifra, para que el todo pudiera al fin compararse, jerarquizarse, comprarse y venderse contra todo lo demás. Es una hazaña de la imaginación tan vasta que ya no la percibimos como imaginada en absoluto, se siente sencillamente como la realidad, como la gravedad, como el clima, y ese es el sello de la invención maestra: las otras todavía se anuncian como creencia, todavía piden nuestra fe, todavía encienden sus velas, el dinero no pide nada, no solicita nuestra fe, la da por supuesta, igual que el agua da por supuesto al pez, y en ese darla por supuesta se vuelve invisible, y al volverse invisible se vuelve absoluto.
Síguele el rastro hasta la herida y encuentras la misma represión con su traje más respetable. La fuerza de la vida a la que la civilización prohibió fluir hacia el placer, hacia el éxtasis, hacia el Dios inmanente del otro lado del colchón, no se evaporó, ya hemos establecido que la energía nunca se evapora, solo cambia de disfraz, sino que fue desviada, con una eficacia que quita el aliento, hacia la productividad, hacia la acumulación, hacia la interminable, incansable escalada hacia una cifra que jamás puede ser bastante alta porque jamás fue aquello por lo que en verdad pasabas hambre. Represamos el eros en el cuerpo y desviamos todo el río rugiente hacia la economía, tomamos la única puerta que era gratis y le vendimos a la especie una cinta de correr en su lugar, y luego a la cinta de correr la llamamos ambición, y al hombre que corre con más empeño sobre ella lo llamamos exitoso, y al hombre que se baja de ella lo llamamos perdido. El mercado es la religión reinante de nuestra época no a pesar de, sino a causa de su negativa a ser una religión, un dios que jura que es mero realismo, mero sentido común, simplemente la manera en que las cosas son. Es el mismo mecanismo antiquísimo, una invención compartida que domestica, solo que ha colonizado el cuerpo más por completo de lo que ninguna casta sacerdotal soñó jamás. El cuerpo ahora existe, en la gramática honda de nuestro mundo, para producir y para consumir. Hasta tu descanso se te vende de vuelta. Hasta tu sanación es un mercado.
IV. Las ocho ataduras
Y aquí he de salir del aula y entrar en el templo, pues mi propio linaje dibujó este mismo mapa hace más de mil años, en una lengua construida adrede para que la gente equivocada no pudiera leerla. El Kulārṇava Tantra, una de las grandes escrituras de la corriente Śākta de la mano izquierda que cargo, nombra ocho lazos, los aṣṭa pāśa, las ocho ataduras que amarran a un ser humano al poste como a una bestia trabada. Léelas despacio: odio, duda, miedo, vergüenza, asco, apego al clan, hábito y casta. Dveṣa, saṁśaya, bhaya, lajjā, ghṛṇā, kula, śīla, varṇa.
Lee esta lista una segunda vez y advierte lo que no es. No es una lista de pecados, no hay en ella blasfemia, ni impureza, ni falta de obediencia, es una lista de pertenencias, los hilos con que el orden imaginado se cose a tu sistema nervioso y luego te convence de que la costura es tu alma. La vergüenza es el modo en que la moral de la tribu coloniza tu columna antes de que tengas edad para consentir. El asco es el juramento de lealtad del cuerpo, que decide qué puede tocarte y qué no mucho antes de que llegue el pensamiento. El miedo es la correa tensada. La duda es la vocecita que te mantiene obediente manteniéndote inseguro. Clan y casta son las fronteras de la comunidad imaginada dibujadas directamente sobre tu carne, de modo que las sientes como naturaleza. El hábito es el surco gastado tan hondo que el prisionero ya no necesita guardián. Y el odio, el odio es la válvula de descarga, la salida sancionada para todo lo que las otras siete han represado.
El texto no rehúye la conclusión, y yo tampoco la rehuiré: quien está atado por estas es un paśu, un animal domesticado, una bestia en la cuerda, y quien está libre de ellas es Śiva, es decir, libre, es decir, ya no en guerra. El diagnóstico tiene diez siglos, la neurociencia tiene setenta años, describen la misma cárcel desde los extremos opuestos de la historia. Las ataduras no han cambiado, solo han cambiado las marcas en la cuerda. Y el sendero de la mano izquierda apostó algo que el sendero de la mano derecha y toda religión respetable desde entonces han hallado imperdonable: que estas ataduras no se aflojan siendo bueno. Se aflojan atravesándolas, entrando en la mismísima vergüenza, en el mismísimo asco, en el mismísimo miedo que la tribu te plantó, a propósito, en el ritual, con un testigo, hasta que la carga se consume y la cuerda cae floja y descubres que jamás estuvo atada a nada salvo a tu propio consentimiento.
V. El Dios que desterramos al cielo
Ahora al centro de la herida, a la pregunta que la espiritualidad cortés es, por su propia naturaleza, incapaz de plantear, porque planteada con honestidad disuelve la iglesia, el templo y el estudio de bienestar en un solo aliento: ¿por qué pusimos a Dios tan lejos? ¿Por qué una deidad en las nubes, fuera del tiempo, más allá del alcance del cuerpo, accesible únicamente a través del sufrimiento, la jerarquía, el sacerdocio, la escritura, el diezmo y la muerte? ¿Por qué lo divino, en casi todo sistema que hemos erigido, está siempre en algún lugar donde tú no estás, accesible únicamente a través de alguien a quien debes pagar o a quien debes obedecer?
Mi respuesta es sencilla y, para la mayoría de las personas, obscena: inventamos al Dios lejano porque no podíamos soportar al inmanente. En la carne de cada uno de nosotros hay ya incorporada una interfaz biológica hacia la disolución del yo, el orgasmo, el sistema nervioso inundado más allá del umbral mismo en que la mente narradora pierde su agarre y la frontera entre el yo y el otro se vuelve, por un instante, misericordiosamente, porosa, y tomamos esta puerta, este sacramento gratuito y común a todos, presente en cada cuerpo humano que jamás ha vivido, y la estampamos de sucia. Desterramos el paraíso al más allá porque el paraíso sobre el colchón era intolerable para el poder, demasiado libre, demasiado igualitario, demasiado democrático, demasiado imposible de gravar, de racionar, de escatimar, de convertir en arma. Un Dios por el que hay que morir para alcanzarlo puede ser administrado por un sacerdocio y defendido por un ejército. Un Dios al que puedes tocar esta noche, en tu propia cama, en otro cuerpo, sin intermediario y sin cuota, no puede ser reclutado, ni vendido desde el púlpito, ni usado para aterrorizar a una población hasta la obediencia. Así que elegimos al Dios por el que teníamos que pelear, y a aquel que sencillamente habríamos podido sentir lo quemamos, lo calumniamos, lo avergonzamos.
Esto no es una disputa con ninguna religión en particular, es una observación estructural sobre todas ellas y sobre los órdenes seculares que las reemplazaron y dejaron intacta su arquitectura. Todo orden de gran escala, en el instante en que se consolida, echa mano de la misma palanca, igual que la mano busca en la oscuridad el pasamanos: separa al animal hombre de la única experiencia que le mostraría lo divino sin intermediario, y has fabricado un cliente permanente de intermediarios. Esto no es una conspiración, ningún consejo de villanos se reunió jamás para planearlo, es sencillamente lo que los órdenes imaginados hacen para sobrevivir, tan automáticamente como el trigo que esclaviza a su campesino, una lógica que surge por sí sola, sin autor, y es precisamente por eso por lo que ha sido tan difícil de ver y tan imposible de votar para sacarla. A un reflejo, naturalmente, no se lo puede destituir del cargo.
VI. La biología de la puerta
Quiero ser concreto acerca de la puerta, pues en el instante en que un hombre oye la palabra orgasmo en una frase sobre Dios, da por sentado que o vendo algo o disculpo algo, y no hago ni lo uno ni lo otro, describo un mecanismo, con la misma sobriedad con que el cardiólogo describe una válvula. Llevas en el cráneo una almendra de tejido antiquísimo, la amígdala, la campana de alarma de una criatura que pasó trescientos mil años escrutando la linde del bosque en busca de la cosa que la devoraría y a los otros machos en busca de la cosa que la desplazaría. A lo largo de todo ese lapso, una cifra tan vasta que la mente resbala sobre ella, los machos de nuestra línea pelearon contra otros machos por el derecho a aparearse, y el cableado que los hizo rápidos para la amenaza, rápidos para la furia, rápidos para la dominación, es el cableado que has heredado, intacto, disparándose en tu pecho antes de que tu mente racional haya terminado su café de la mañana. Esa es la materia prima, ese es el animal bajo el traje.
Considera ahora qué le hace la represión a ese animal. La energía en un sistema nervioso se conserva con tanto rigor como la energía en cualquier otra parte del universo, no desaparece cuando la prohíbes, solo cambia de disfraz. Represa la fuerza de la vida en su fuente, avergüenza la carne desde la infancia, criminaliza el placer, raciona la intimidad, envuelve todo el aparato del deseo en culpa y vigilancia, y la presión no se disipa en el aire como un suspiro, se acumula, se cuaja, sale a buscar una salida, y a un sistema nervioso reprimido se le concede exactamente una salida socialmente sancionada: un enemigo. La agresión es la única descarga a la que el orden imaginado aplaude, y por eso las sociedades sexualmente más represivas son tan fiablemente las más violentas y por eso las instituciones más aterradas del placer producen, con sombría regularidad, el mayor abuso: el río no se detiene cuando construyes la presa, encuentra la grieta, y la grieta es siempre la crueldad.
El orgasmo es la otra válvula, la que sellamos. En la inundación del sistema nervioso en el clímax, en la entrega genuina y no en la fricción ávida a la que en su mayor parte lo hemos reducido, el implacable autonarrador del cerebro, eso que la neurociencia llama hoy la red neuronal por defecto, esos circuitos que zumban bajo cada instante de vigilia fabricando la sensación de un yo separado, continuo, defendido, calla breve y bendecidamente. La frontera se adelgaza. Por un instante no hay observador que esté aparte de la experiencia, solo hay la experiencia, y nadie que quede de sobra para tener miedo. Es el mismo callar al que la meditación profunda se aproxima por otro camino, la misma disolución que los místicos de toda tradición describieron en la única lengua que tenían, y por la cual fueron prontamente quemados o canonizados. Los tántricos no tenían las máquinas de imagen, tenían algo que las máquinas todavía no pueden suministrar: el método. Sabían que la puerta era real, sabían que estaba en el cuerpo y no en el cielo, y construyeron técnicas precisas, transmisibles, para atravesarla a propósito, repetidamente, con dominio, en vez de tropezar a través de ella una vez, por accidente, y pasar una vida entera tratando de hallar de nuevo la puerta. Ese saber, la capacidad de una población de alcanzar lo divino sin permiso, fue lo primero que todo imperio se puso a destruir, pues un pueblo que puede tocar a Dios en su propia cama ya no tiene necesidad estructural de aquellos que venden entradas al cielo.
VII. Lo llamamos civilización
Mi maestro tenía una expresión para el mundo que los demás llamamos normal, el mundo de las oficinas y los horarios y la callada desesperación: vivimos en un manicomio, y hemos convenido en llamarlo civilización. Antes lo tomaba por una provocación, hoy lo tomo por una descripción clínica, y por la más precisa que conozco. Empieza por la biología, pues la biología no se discute. El cerebro humano no se desarrolló en la calma fluorescente de una oficina, se desarrolló a lo largo de dos millones de años en la oscuridad y la luz del fuego, en el peligro y el hambre y la descarga extática, en el tambor y la danza y el duelo y la disolución regular, ritualizada, del yo ordinario en algo más grande. La capacidad para los estados alterados no es una avería ni un capricho, está tan hondo en nuestro cableado como la capacidad para el lenguaje o para el sueño, pasamos hambre de la disolución del yo igual que pasamos hambre de alimento y de descanso, según un horario escrito mucho antes de toda historia, y un sistema nervioso privado de ella no simplemente se las arregla sin ella, enferma, exactamente como enferma un cuerpo privado de sueño.
Ahora cuenta las puertas que hemos sellado. El sexo, avergonzado y reducido a rendimiento o a transacción. El éxtasis, criminalizado y recetado solo a los moribundos. El ritual, vaciado y convertido en espectáculo. La soledad y el silencio e incluso el simple aburrimiento, las antesalas en que la mente ordinaria se aquieta lo bastante para que algo más pueda sentirse, ahora abolidos, asfaltados, vueltos imposibles por un rectángulo luminoso que nos sigue a la cama y al baño y al último minuto desprevenido antes del sueño. Hemos tapiado casi cada puerta lícita hacia la experiencia que nuestros sistemas nerviosos evolucionaron para necesitar, y luego nos desconcierta el resultado. Pero el hambre no desaparece cuando sellas la puerta, no tiene adónde ir y no deja de llamar, así que lo alimentamos con lo único que queda al alcance: la fina papilla gris de las pantallas y las sustancias y el scroll infinito y la indignación fabricada, el goteo de dopamina diseñado con gran precisión para adormecer el hambre sin jamás, ni una sola vez, saciarla, pues un cliente saciado deja de scrollear, y a un ser humano saciado ya no se le puede vender la siguiente cosa.
Esto es lo que los linajes entendieron y lo que la industria del bienestar nunca entenderá. Los textos antiguos cartografiaron el cuerpo no como una puerta sino como muchas, las indriyas, las facultades sutiles de la percepción, portales en la carne que un sistema nervioso entrenado puede abrir hacia estados que la vida moderna ha cerrado por completo y luego olvidado que alguna vez existieron. Hemos sellado los portales, perdido los mapas, medicado el entumecimiento resultante y llamado salud al entumecimiento, el logro del adulto bien adaptado. La plaga de falta de sentido que pende sobre las sociedades más ricas de la historia humana no es un fallo moral de quienes la padecen, y no se curará con diarios de gratitud ni con otro fármaco, es un sistema nervioso privado de la experiencia precisa que, a lo largo de dos millones de años, fue construido para anhelar, y que grita hacia arriba en la única lengua que le queda: depresión, ansiedad, el dolor bajo y constante, la certeza de las tres de la madrugada de que algo esencial falta y fue robado antes de que tuvieras edad para acordarte de haberlo tenido. Algo fue robado. Sellaron la puerta, y luego te dijeron que el dolor era un desequilibrio químico, y también para eso te vendieron algo.
VIII. Lo que Henry Miller supo con el cuerpo entero
Henry Miller entendió todo esto sin una sola nota al pie, sin un chakra, sin una sola palabra de sánscrito. Sin un duro y hambriento y piojoso en París, garabateando Trópico de Cáncer sobre mesas prestadas, en cuartos que no podía pagar, escribió la línea que debería estar tallada sobre la puerta de cada clínica, cada iglesia y cada parlamento del mundo: “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.” Había despojado una vida hasta más allá de la respetabilidad, más allá de la propiedad, más allá de todo el orden imaginado del quién-cuenta-y-por-qué, hasta el pan y el vino y el clima y la piel, y en vez del vacío que los moralistas le habían prometido como castigo, la encontró obscena, desenfrenada, blasfemamente llena.
La obscenidad de Miller nunca fue de veras sobre el sexo, y los censores que encarcelaron su libro durante tres décadas lo entendieron mucho mejor que sus admiradores. No los cuerpos eran el peligro, la honestidad era el peligro. Rehusó la invención. Escribió el cuerpo exactamente como es, sudando, en celo, llorando, hambriento, voraz, ridículo, sagrado precisamente en su hambre y no a pesar de su hambre, contra toda una civilización que necesitaba el cuerpo callado y vestido y avergonzado de sus propios apetitos para poder seguir vendiéndole la salvación. Donde el filósofo responde al terror de estar vivo construyendo una catedral más de conceptos en la que esconderse, Miller se ríe y se quita la camisa. La carne, insistió con toda su vida de mala fama, es la única escritura que no puede mentir. Puedes discutir de teología hasta que la especie se haya extinguido entre los escombros de sus propias certezas, con un aliento contenido no puedes discutir, con un tacto no puedes discutir, con un cuerpo que por fin, tras una vida entera de guerra, ha dejado de estar en guerra consigo mismo no puedes discutir.
Esta es la audacia sobre la que está construido Forbidden Yoga, y quiero ser preciso al respecto, pues sin cesar y cómodamente se la confunde con mera provocación, con un hombre que sencillamente busca un pretexto para estar desnudo. No es transgresión por la electricidad barata del tabú. El tabú es solo la aduana, el contrabando es la idea. El verdadero escándalo, el que te destierra de toda sala respetable y te descarta en toda institución seria, es la afirmación bajo la desnudez: que la verdad estuvo en el cuerpo todo el tiempo, ahí, a la vista llana y paciente, y que todo sistema que te mandó a otra parte, arriba al cielo, adelante a la iluminación, adentro a un yo que al final no existe, te vendió una jaula, te cobró el alquiler y llamó cielo al techo.
IX. El argumento de la mano izquierda
Hay un nombre para la tradición que se negó a cometer este error, y una larga y sangrienta historia de lo que se le hizo. El sendero que cargo es el vāma mārga, el sendero de la mano izquierda del Tantra Śākta, y su herejía fundadora es brutalmente simple. Donde el sendero de la mano derecha sublima el cuerpo, toma la corriente cruda de sexo y vergüenza y muerte y la transmuta hacia arriba en algo limpio, simbólico, apto para el patio del templo, el sendero de la mano izquierda hace lo imperdonable: usa la corriente directamente. No ritualiza la sexualidad, sexualiza el ritual. Trata aquello que el erudito David Gordon White, en Kiss of the Yogini, expuso como el núcleo literal y originario del tantra, el intercambio efectivo de sustancias sexuales, los fluidos efectivos, los cuerpos efectivos sobre el crematorio efectivo, no como una metáfora pudorosa que académicos avergonzados habrían de descifrar mil años después, sino como la fuente primordial de la energía vital orgásmica, la tecnología de la conciencia más poderosa que nuestra especie jamás halló y luego pasó un milenio tratando de enterrar.
Y el entierro no fue un accidente del tiempo ni la mera erosión de un saber viejo, fue política, repetida por todo régimen que lo tocó. Los textos que portaban este saber estaban escritos en sandhyā bhāṣā, la lengua del crepúsculo, una cifra deliberada en la que una sola palabra significaba una cosa inocente para el lector no iniciado y algo del todo distinto para aquel que había recibido la llave de boca a oído, y precisamente porque el saber era peligroso para el poder y solo podía sobrevivir bajo tierra, de boca a oído, de cuerpo a cuerpo. Cuando las conquistas islámicas barrieron Bengala entre los siglos doce y catorce, las líneas del crematorio se volvieron más calladas y más hondas. Cuando llegaron los británicos con su particular horror victoriano del cuerpo, la represión se volvió total y moralizada; sir John Woodroffe, el juez del Tribunal Supremo en Calcuta que llevó por primera vez estos textos a Occidente, tuvo que publicar bajo el nombre inventado de Arthur Avalon, y aun escondido tras un seudónimo solo pudo imprimir los fragmentos filosóficamente más respetables, las partes menos capaces de arruinar la carrera de un caballero. Cuando llegó la India independiente, el nuevo nacionalismo, desesperado por parecer moderno y limpio y digno de la estima de los ojos occidentales, completó el entierro que sus colonizadores habían empezado y barrió las tradiciones de la mano izquierda hacia la categoría de la superstición vergonzante. Hasta los eruditos descomunales que vinieron después, Alexis Sanderson en Oxford, con su meticuloso e inigualado dominio del corpus Śaiva y Śākta, han tendido a enmarcar los ritos sexuales como ritualmente acotados, contenidos, periféricos al verdadero asunto filosófico. La antropóloga June McDaniel, caminando en nuestra propia época sobre los crematorios efectivos de Bengala, halló cuán a fondo había sido empujado bajo la superficie el núcleo vivo, hasta que lo que quedaba visible por encima era en su mayor parte imaginería de muerte, y el corazón sexual de la práctica se había retirado a las pocas bocas todavía dispuestas a cargarlo al precio de su reputación.
Convoco esta historia por una sola razón, y la razón no es la nostalgia. La represión de la divinidad del cuerpo no es una manía de un imperio mojigato ni una manía de una religión nerviosa de la que, con un poco más de suerte, habríamos podido escapar, es un reflejo civilizatorio, ejecutado de forma independiente a través de culturas y siglos por completo inconexos, tan fiable y tan irreflexivo como una rodilla que da una sacudida bajo el martillito. Hindú, musulmán, cristiano, secular-nacionalista, cuatro órdenes imaginados incompatibles que no se ponen de acuerdo en casi nada echaron mano, en el instante en que cada uno consolidó su poder, de la misma palanca. Ese acuerdo, entre enemigos que no se pusieron de acuerdo en nada más, es la señal reveladora, descubre que no contemplamos una doctrina sino una necesidad estructural. El sendero de la mano izquierda es peligroso para todo orden de gran escala, en todo siglo, por la misma única razón inmutable: le devuelve la llave al cuerpo, y un cuerpo que tiene la llave ya no tiene necesidad alguna del guardián, del peaje ni del muro.
X. La técnica de la disolución
Déjame ahora bajar de la historia y de la teoría y describir lo que en realidad hacemos, pues la abstracción no es meramente lo contrario de la práctica, la abstracción es la enfermedad misma, con expresión pensativa en el rostro. La mente que quiere entender la liberación en vez de atravesarla es exactamente la mente que se quedaría de pie en una casa en llamas componiendo una elegante teoría del fuego. Así pues: las prácticas. En la Sparsha Puja dos personas se mueven en algo cercano a la cámara lenta, desnudas, mirando sin parpadear, respirando en patrones que no tienen sentido biológico, tocándose durante horas con la precisión de una cirugía y la ternura de la locura, hasta que la frontera obsesiva que la mente traza alrededor del cuerpo empieza a desdibujarse y el simple hecho animal del contacto desborda el relato de quién toca a quién. En la práctica que algunos llaman la Pūjā Animal, los participantes son llevados con los ojos vendados a un espacio compartido e invitados a dejar de lado la civilidad por entero, a hundirse por debajo de la actuación humana en la capa primordial que hay debajo, voz, olor, movimiento, el siseo y el zarpazo y el aliento de la criatura que jamás dejamos de ser, con sus fronteras intactas y defendibles, y a aprender que el animal no es el enemigo que las ocho ataduras les hicieron creer. En la Laghu Puja, la práctica del vídeo de arriba, dos personas se sientan durante horas sin ropa, el aliento empujado más allá del sentido, el tacto sin agenda, los ojos abiertos y sin parpadear, hasta que el rostro frente a ti deja de ser un extraño, luego deja de ser un amante, luego deja de ser un problema a resolver, y se vuelve sencillamente otro sistema nervioso, respirando en la oscuridad.
Advierte el mecanismo común que corre bajo cada una de ellas, pues el mecanismo es todo el sentido. Ninguna de estas prácticas discute con tus creencias, ninguna exige que te conviertas, que aceptes una doctrina, que decidas quién tiene razón, no se ocupan en absoluto de la mente narradora, pues la mente narradora es la enfermedad, y una enfermedad no se cura negociando con ella. Bajan por debajo de ella, derechas al aliento, a la piel, al sistema nervioso, a los bucles de trescientos mil años de antigüedad que corren idénticos bajo toda bandera y detrás de todo credo, en patrones que jamás ni una sola vez han oído hablar de teología y jamás lo harán. Obran sobre eso que los textos antiguos llaman el citta, el sustrato hondo de la mente por debajo del pensamiento, e interrumpen las fluctuaciones habituales, las vṛttis, que hacen que un ser humano repita durante una vida entera el mismo puñado de posiciones defendidas y lo llame personalidad.
Y esta es la razón por la que las prácticas verdaderas no pueden imprimirse, ni venderse, ni transmitirse en directo, ni aprenderse de un manual, y por la que sigo diciéndolo aunque cada vez me cueste alumnos y dinero. Las técnicas funcionan únicamente dentro de eso que he llegado a llamar el holograma metafísico, el campo vivo, entrelazado, de aliento, deidad, ritmo, tacto y transmisión en el que crecieron y dentro del cual, y solo dentro del cual, significan algo en absoluto. Arrancadas de ese campo e impresas como una lista numerada de instrucciones, se derrumban al instante en gestos vacíos, trucos de fiesta, contenido para un algoritmo. La transmisión no es información que pasa de una cabeza a otra, no puedes enviarla por correo electrónico, es un ritmo, eso que la tradición llama laya, que pasa de un sistema nervioso a otro a lo largo del tiempo, igual que no puedes aprender a nadar a partir de un diagrama y solo puedes recibir una corriente bajándote al agua junto a alguien que ya nada y dejando que tu cuerpo, no tu mente, atrape el patrón. El mercado quiere desesperadamente empaquetar esto, pues el mercado empaqueta todo, y no puede, y exactamente la cualidad que se resiste al empaquetado, que vive únicamente en la transmisión viva, es la misma cualidad que lo mantiene real y lo mantiene, en el sentido más verdadero de una palabra que no uso a la ligera, prohibido.
XI. Una práctica sin un dios por el que morir
Lleva ahora el experimento hacia afuera, hasta su borde más extremo, hasta el lugar donde toda teoría de la paz jamás propuesta tiene al fin que enseñar las cartas. Imagina que llevaras una de estas prácticas a Gaza y a Jerusalén y les dijeras a ambos bandos, en el mismo aliento sereno: aquí hay algo que podría hacer la paz entre ustedes. Ningún tratado, los tratados son relatos, y los relatos pueden ser revocados por el siguiente funeral. Ningún alto el fuego que aguante hasta que se entierre al siguiente niño. Una práctica. La hacen juntos. Desnudos. Durante horas. Con una respiración que no tiene sentido y un tacto que no pide nada y no exige nada y no prueba nada. Ningún Dios en la sala por el que pelear. Ninguna tierra que reclamar. Ningún agravio que acariciar, ningún mártir que vengar, ningún relato sagrado sobre el sufrimiento de quién vino primero y por tanto cuenta más. Solo dos animales, dos sistemas nerviosos de trescientos mil años, aprendiendo a dejar de estar en guerra consigo mismos, y por consiguiente entre sí.
No lo harían, naturalmente no lo harían, y es esencial, es todo el argumento, entender con precisión por qué no lo harían, pues la razón no es el remilgo y la razón no es la desnudez. La razón es que la práctica no ofrece ninguna manera de quedarse con la razón. Disuelve la única cosa de la que el conflicto está hecho de verdad. No la tierra. No el agua. Ni siquiera los muertos, Dios lo sabe, por mucho que los usemos. Aquello de lo que el conflicto está hecho es el yo tribal, el agravio sagrado, el nombre sagrado, el relato del nosotros-y-ellos, por cuya defensa cada bando moriría antes que vivir sin él, porque sin él no sabe quién es. Dentro de un solo aliento compartido no hay sitio para discutir de quién es el Dios verdadero. La práctica ni siquiera refuta tus creencias, una refutación sería todavía una conversación, y una conversación mantiene al animal creyente empleado e importante, la práctica baja por entero por debajo de la creencia, hasta el cuerpo, donde el israelí y el palestino y el ateo y el sacerdote corren el mismo software antiquísimo, y apaga en silencio la parte de la máquina que hace que la invención se sienta como vida o muerte.
Y esto, no el pudor, no el escándalo, no los cuerpos, es la razón precisa y definitiva por la que la sociedad jamás puede aceptar lo que ofrecemos, y jamás pudo, y jamás podrá, por suave que se lo presente. Sigue la lógica hasta el suelo. No puedes tener naciones sin fronteras. No puedes tener religiones sin creencia. No puedes tener guerras sin que alguien tenga razón y alguien esté equivocado. Y no puedes mantener ni una sola de estas estructuras mientras haces una práctica que disuelve la frontera entre el yo y el otro, que vuelve ingrávida y secundaria tu identidad cuidadosamente erigida, que trata tus convicciones más santas como apenas otro conjunto de fluctuaciones mentales que se observan con interés hasta que se aquietan. No somos heréticos respecto a esta doctrina o aquella, la herejía es una palabra demasiado pequeña y demasiado halagadora, un hereje meramente cambia una creencia por una creencia rival, y la máquina sigue moliendo, encantada con el drama. Somos heréticos respecto al sistema operativo mismo. Somos un virus en ese único tramo de código que hace que la creencia se sienta como la supervivencia.
XII. Huye del tantra
Aquí he de volver el ojo frío hacia mi propio campo, pues aquello que describo ha sido tan a fondo falsificado que la falsificación es hoy lo que la palabra significa para la mayoría de la gente. Si te has topado con la palabra tantra en el mercado moderno del bienestar, el taller de fin de semana, el mirarse a los ojos en un círculo de extraños, la música suave y el lenguaje aún más suave, la promesa de que sanarás tu relación y mejorarás tus orgasmos y alinearás tus chakras para el domingo por la tarde, entonces te has topado con casi el exacto contrario de lo que quiero decir, llevando su nombre robado. Así que déjame decir con claridad lo que le diría a cualquiera que esté al borde de esto: si lo único que quieres es sentirte mejor, huye del tantra, huye tan rápido como puedas, hay maneras más suaves, más baratas, menos peligrosas de sentirse mejor, y deberías tomarlas, con mi bendición.
La falsificación vende eso que yo llamaría materialismo espiritual, el uso de la práctica para decorar el yo en vez de disolverlo, para adquirir un yo más iluminado, más sensible, más espiritualmente realizado que añadir a la colección. Es el yo que se va de compras en busca de ropas más finas y llama templo al centro comercial. Y es la exacta inversión del trabajo verdadero, que no tiene el menor interés en hacer de ti una persona mejor, más evolucionada, más interesante, el trabajo verdadero se interesa por la disolución de aquel que quiere ser mejor. No son dos sabores de la misma cosa, son opuestos que por casualidad comparten un vocabulario, igual que un billete falso y uno verdadero comparten un retrato.
Mi maestro dijo algo que durante años no entendí y hoy entiendo como la instrucción entera comprimida en cinco palabras: la muerte viene antes que el sexo. Primero has de morir, luego los rituales obran de verdad. El taller neotántrico lo tiene exactamente al revés, va derecho al placer, a la dicha, a la cima, al hombre multiorgásmico que persigue su propia sensación a lo largo de un fin de semana, porque el placer se vende y la muerte no se vende. Pero no puedes alcanzar al Dios inmanente a través del colchón mientras sigues, con cada célula, defendiendo al yo que quiere sobrevivir al encuentro intacto y mejorado. La pequeña muerte y la gran muerte son la misma puerta, vista desde dos lados. Por eso los linajes genuinos construyeron su práctica sobre el crematorio, el śmaśāna, en medio de los cadáveres que de verdad arden, no por el teatro gótico del asunto, sino porque el crematorio es el único maestro al que no se puede halagar, ni comprar, ni discutir. Te dice la verdad que todo el orden imaginado existe para ahorrarte: que todo lo que defiendes arderá, tú incluido, incluido el que lee esta frase. Puedes dejar que arda ahora, a propósito, en compañía de alguien entrenado para arder a tu lado, o puedes dejar que arda al final, solo, después de haberlo custodiado toda tu vida y haberlo perdido igualmente, y sin haber aprendido nada de la pérdida, porque ya no queda nadie ahí que aprenda.
XIII. El peligro es el sentido
El lector que me ha seguido hasta aquí y está inquieto no es un cobarde y no se le escapa el sentido, lo ha captado. Una práctica que disuelve a propósito la vergüenza, que trabaja directamente con la corriente sexual, que desmonta las mismísimas fronteras que la tribu te plantó a lo largo de la infancia, es, en las manos equivocadas, ninguna liberación, es depredación, llevando los ropajes prestados de la liberación y hablando su lengua prestada. No voy a fingir lo contrario, y no tengo sino desprecio por los hombres que fingen. El mundo del bienestar está lleno de ellos, lleno de gente que descubrió que disolver fronteras e ir más allá de tu condicionamiento son frases maravillosamente cómodas para un hombre que sencillamente quiere tomar lo que no se da con libertad. Si este trabajo te da miedo, tu miedo es inteligente, consérvalo, es mejor compañía que la falsa seguridad que venden los falsificadores.
Pero entiende que el sendero de la mano izquierda siempre supo esto, lo supo con más sobriedad que cualquier crítico moderno, y no se arredró ante ello. El Kulārṇava Tantra llama al sendero Kaula más peligroso que caminar por el filo de una navaja, más peligroso que sostener a un tigre por el cuello, y lo dice no como poesía romántica para hacer estremecer al iniciado, sino como advertencia llana y seria para apartar al no preparado. La tradición no manejó el peligro fingiendo apartarlo ni ahogándolo en blandas garantías, lo manejó por la estructura y por la verdad. La asimetría del poder en el rito fue nombrada abiertamente, jamás ocultada. La yoginī fue entendida como verdaderamente peligrosa, un ser que podía destruir con la misma facilidad con que podía conceder, jamás un recipiente pasivo para el uso de cualquiera. Y la muerte venía antes que el sexo, siempre, en ese exacto orden, precisamente porque aquel que entraba en la práctica tenía que haber aflojado ya su agarre sobre la mismísima cosa a la que un depredador se aferra con más fuerza: a sí mismo, a su apetito, a su necesidad de salir del encuentro con una ganancia.
Esta es toda la razón por la que la transmisión verdadera exige un portador de linaje que rinda cuentas, no a un código de conducta clavado en una pared, sino a la tradición misma, a aquellos que la cargaron antes que él, a fuerzas más viejas y más grandes que su propia hambre. La ausencia de esa rendición de cuentas es exactamente lo que vuelve tan peligrosa a la falsificación: un facilitador de fin de semana con un vocabulario prestado y nadie por encima a quien responder es un arma cargada sin una mano en el seguro. Por eso construyo el recipiente con el cuidado que pongo, por eso trabajo con humanos de relleno que absorben el ruido, por eso aparto a la mayoría de quienes vienen a mí queriendo sanación o placer o una historia que contar. El poder es real, no es una frase de marketing, es toda la razón del rigor. Una práctica que no pudiera de ningún modo ser mal usada no sería lo bastante poderosa para liberar a nadie de nada. El peligro no es un defecto del trabajo que haya que disculpar y eliminar por diseño, el peligro es la prueba de que el trabajo es real, y la única pregunta que jamás ha importado, la pregunta que el buscador debe responder con su vida entera antes de dar un solo paso, es si las manos que lo sostienen han muerto antes a su propio aferrar.
XIV. El yo es el último ídolo
Despoja a los dioses exteriores, el padre del cielo, la nación, el mercado, la causa, hasta el amante, y un ídolo queda siempre en pie, el más tozudo de todos, el que construyó a cada uno de los otros ídolos y, en el instante en que vuelvas la espalda, construirá mil más: el yo. Harari distingue, siguiendo una intuición veinticinco siglos más vieja que él, el yo que vivencia, el animal que sencillamente siente este aliento, este contacto, este exacto e irrepetible instante sin comentario adjunto, del yo que narra, esa vocecita compulsiva que nunca cesa, que convierte cada experiencia cruda en una historia con “yo” en el papel protagonista, editándola, justificándola, jerarquizándola contra otros instantes, archivándola como prueba para el caso que construye sin fin acerca de quién eres. No vivimos nuestra vida, en verdad, la narramos, y luego cometemos el error último, fatal, común a todos: confundimos la narración con un alma.
Este narrador es la última invención, y es con enorme diferencia el más difícil de todos de atravesar con la mirada, por la única razón estructural que ninguna medida de astucia ni de lectura ni de intuición logra sortear: es la mismísima cosa que mira. Todo marco que pudieras levantar para examinarlo, incluido el sumamente sofisticado, espiritualmente avanzado, que dice: he trascendido todos los marcos, he atravesado con la mirada toda creencia, solo yo estoy despierto, no es sino el narrador que en silencio construye una celda más y cuelga un espejo halagador en la pared para admirar su propia libertad. Los budistas lo llamaron anatta, el no-yo, y no estaban siendo poéticos ni modestos ni paradójicos por el efecto, presentaban un informe de campo. De esta no puedes pensar tu salida. El pensador es el muro. La mano no puede asirse a sí misma, el ojo no puede verse a sí mismo, el diente no puede morderse a sí mismo, y la mente narradora no puede narrar su propia disolución, solo puede, bajo las condiciones justas, con el método justo, en las manos justas, callar el tiempo suficiente para que algo debajo de ella, algo que jamás fue la historia, sea sentido por primera vez desde la niñez.
He aquí, pues, la verdad sencilla, terrible, liberadora, bajo todo el edificio, la verdad hacia la cual este largo argumento entero te ha estado moviendo: somos animales que aprendieron a pensar, y el pensar nos dio dioses y grano y pólvora y una sensación interminable, royente, sin fondo, de separación de todo lo que vive, y ninguna medida de mejor pensar sanará jamás lo que el pensar mismo hizo. No puedes superar pensando la cosa que el pensar construyó. No hay ninguna idea al otro lado del muro, el muro está hecho de ideas. Solo la práctica lo termina. No una práctica que te hace mejor, más evolucionado, más espiritual, un yo más hermosamente decorado con una racha de meditación más larga y una voz más serena, sino una práctica que te deja caer tan por completo en el cuerpo, en el contacto con otro cuerpo, en un aliento que sortea por entero al narrador, que toda la arquitectura, yo y otro, mío y tuyo, bien y mal, mi Dios y tu Dios, mis muertos y tus muertos, se vuelve transparente. No destruida. Transparente. Todavía ahí cuando de veras la necesitas, como una herramienta que puedes coger y dejar, pero ya no vale una sola vida humana, ya no vale una sola hora de guerra.
XV. Por qué la sanación jamás puede multiplicarse
En este punto el lector esperanzado, el buen lector, el que todavía ama el mundo y anhela verlo salvado, plantea la pregunta inevitable y honorable: si la práctica funciona, ¿por qué no difundirla? ¿Por qué no multiplicarla, financiarla, enseñarla en las escuelas, construir los templos, formar a los maestros, convertirla en el movimiento que por fin sane a la especie? Y la respuesta a esa pregunta es lo más duro y lo más frío de toda esta pieza, así que no la voy a suavizar. La sanación no puede multiplicarse, pues en el instante en que se multiplica se vuelve la enfermedad. En cuanto una práctica de disolución se vuelve un movimiento, necesita miembros, y los miembros han de ser atados, más allá del muro de Dunbar, por un relato compartido, y un relato compartido exige miembros de dentro y de fuera, los salvados y los no salvados, los iniciados y los profanos, los ortodoxos y el hereje, y estás de pie, una vez más, dentro de un orden imaginado, con una bandera, una doctrina, una jerarquía y un enemigo. Una jaula nueva y mejorada, con mejor incienso y un vocabulario más amable, pero una jaula, con barrotes en todos los lugares de siempre.
No puedes construir una institución de masas dedicada a la disolución de las instituciones de masas. No puedes fundar una nación de personas que han atravesado con la mirada las naciones. No puedes organizar, a escala de una sociedad, la única experiencia cuyo poder entero radica en no tener nada en torno a lo cual organizarse, ningún dios, ninguna doctrina, ninguna tribu, nada que defender. La sociedad es la estructura. No puedes pedirle a una estructura que se disuelva a sí misma. El trigo jamás votará por liberar al campesino. Sé exactamente cómo suena esto, suena a elitismo, los pocos preciados, los elegidos, los que Ven, mientras el rebaño pasa arrastrando los pies para siempre en la oscuridad. Pero es el exacto contrario del elitismo, y la distinción importa más que casi cualquier otra cosa que pudiera ponerte en las manos antes de que te vayas. Una élite acapara algo que es escaso y monta guardia en el portón y cobra el peaje. Aquello que describo no es en lo más mínimo escaso. La puerta está en cada cuerpo humano que jamás respiró, la abertura de la puerta es el mismo orgasmo, el mismo sistema nervioso, la misma carne, igualmente presente para el palestino y el israelí, el multimillonario y el vagabundo sin techo, el santo célibe y el actor porno en activo, sin excepción, sin condición, sin cuota. Nadie es rechazado en este portón. No hay portón. No hay guardián. Es el sacramento más barato, más democrático, más universalmente distribuido que existe o que jamás ha existido. Y casi nadie lo atravesará, no porque le esté prohibido, no porque sea inferior, sino porque el peaje, el único peaje, es todo lo que ahora mismo llamas tú mismo. El precio de la puerta es tu historia, tu tener razón, tu tribu, tu nombre, tu herida cuidadosamente atendida, el museo entero y amado de ti mismo. No es un precio empinado para los pocos. Para casi todo el que vive es sencillamente impagable, no por debilidad, sino porque es amado por sus cadenas y las cadenas lo aman de vuelta, y ese abrazo mutuo es la fuerza más poderosa en la vida humana, más fuerte que el miedo, más fuerte que la razón, casi tan fuerte como la muerte.
XVI. Una Tierra paralela
Y sin embargo. Aquí el ojo frío ha de ceder, por una sección, al corazón ardiente, pues un diagnóstico sin un sueño no es más que una desesperación más sofisticada, y la rechazo. No creo que la sociedad vaya a sanar. Pero puedo ver, con dolorosa claridad, la forma de aquella que habría podido, una Tierra paralela, el mismo sol, los mismos océanos, la misma especie llamada hombre, solo que afinada de otro modo. Afinada en la raíz. Es una Tierra en la que la abertura de la puerta jamás fue criminalizada, en la que a los niños que entraban en el gran remodelado de la adolescencia no se les puso en la mano la vergüenza y una lista de prohibiciones y una pornografía que les enseña a aferrar, sino que se les enseñó, con la misma seriedad y el mismo rigor que hoy reservamos a las matemáticas, cómo trabajar con su propio sistema nervioso, cómo hallar al Dios en el cuerpo antes de que nadie pudiera convencerlos de que vive únicamente en el cielo.
Imagina templos que funcionaran como salas de entrenamiento para el sistema nervioso, en los que una persona entrenara la capacidad para la disolución del yo y para el contacto genuino con la misma disciplina paciente que hoy gastamos en un bíceps o en un informe trimestral. Imagina que los trescientos mil años de agresión no fueran negados, ni avergonzados, ni deseados lejos, no se puede desear lejos lo que la evolución escribió, sino que recibieran un recipiente ritual, conscientemente encarnado y descargado, de modo que la presión que hoy se cuaja en guerra pudiera ir a otra parte, a un lecho de río más viejo y más verdadero. Imagina una humanidad crecida al fin más allá de la única superstición bajo todas las otras: la superstición de que Dios necesita enemigos. No soy ingenuo respecto a esto. Acabo de pasar catorce secciones explicando por qué no puede suceder a escala de una sociedad, y no me retracto ahora. La Tierra paralela no es una propuesta política, no hay movimiento que pudiera construirla sin volverse la mismísima cosa a la que se opone. Pero tampoco es nada. Es una dirección. Es la forma sobre la que la puerta se abre. Y puede construirse, este es todo el sentido, no como una civilización sino como una habitación, no como una especie sino como dos personas, no en todas partes sino aquí, ahora, entre tú y otro cuerpo dispuesto a dejar de fingir. La Tierra paralela ya existe, en fragmentos, en las pocas habitaciones donde de verdad se practica, y esa es la única forma en que jamás ha existido o jamás existirá.
XVII. Una puerta para los pocos
Así que siempre habrá solo unos pocos. Ningún movimiento, ninguna iglesia, ninguna sociedad paralela con su propia bandera y sus propios enemigos, eso no sería más que la vieja máquina, repintada, y te estaría mintiendo. Unos pocos. Un puñado, en cada generación, que atraviesan con la mirada todo el juego y han, en silencio, por fin, renunciado a jugarlo. Que han terminado con tener razón, terminado con ser salvados, terminado con ser especiales, terminado con ser nada en absoluto salvo un cuerpo que respira con otro cuerpo, en una práctica que no tiene dios, ni salvación, ni doctrina, ni propósito alguno más allá de devolvernos a aquello que éramos antes de que aprendiéramos a estar en guerra con nosotros mismos y llamáramos a la guerra el ser humano.
No vine a este trabajo como un buscador que se arma una filosofía. Lo he dicho antes y lo digo con claridad aquí: jamás lo pedí, y nadie me invitó a él, sencillamente me tomó, igual que una corriente toma a un nadador que ha dejado de pelear contra el agua. No soy su autor, soy, a lo sumo, una boca más dispuesta a cargarlo al precio de costumbre, en una larga fila de bocas que se extiende hacia atrás a través de la lengua del crepúsculo y los crematorios ardientes hasta personas cuyos nombres fueron borrados a propósito para que el saber pudiera sobrevivir a los imperios que lo querían muerto. El linaje no es una posesión, es un fuego que ha sido mantenido vivo, siglo tras siglo, por exactamente los pocos que describo, y jamás por los muchos, y jamás ni una sola vez por una sociedad.
Quizá eres uno de los pocos. Quizá un amigo o dos. Quizá encuentres una tribu del alma, un pequeño puñado de personas que saben hasta los huesos que el emperador no lleva ropa y jamás la llevó, que han decidido en silencio que preferirían una hora honesta en la carne, sin defensa, con la máscara depuesta y la historia depuesta, a una vida larga y cómoda gastada custodiando un yo que jamás fue siquiera real. Para eso están los Sensual Liberation Retreats. Para eso está la Laghu Puja. Ningún método para reparar la sociedad, la sociedad es la estructura, y la estructura seguirá fabricando la herida mucho después de que tú y yo seamos ceniza en el mismo viento indiferente. Es una puerta. Mantenida en silencio abierta, al margen del gran espectáculo sangriento de la historia, para los pocos que ya se alejan de todo el magnífico, asesino, hermoso desbarajuste, no hacia una creencia mejor, no hacia un Dios más verdadero, no hacia la iluminación o la evolución o cualquiera de los viejos cebos relucientes, hacia nada que puedas nombrar o defender o vender, hacia un aliento, un cuerpo, otro sistema nervioso que encuentra al tuyo en la oscuridad, sin armadura, sin un dios entre ustedes, hacia, al final del todo, tras todos los dioses y todas las guerras y todo el largo ruido humano, algo real.
La puerta está abierta. Siempre lo estuvo. Esa es la crueldad del asunto, y la totalidad de su misericordia. Casi nadie la atraviesa. Quizá tú lo hagas.